Antes que nada, mil disculpas por los posts tan espaciados… Terminar el año es complicado.

Bueno, ¿en qué estábamos? Ah, sí, estábamos sobre un avión de American Airlines con destino Santiago de Chile, el viernes 29 de noviembre de 2002, viajando hacia la derrota segura. Los representantes del Schönthal éramos Juan Ignacio Goñi y yo. Viaje tranquilo, muchos interrogantes, y mucha felicidad por la oportunidad que se nos presentaba. Particularmente, en ese momento tenía un problema complicado en una pierna, la tenía enyesada y me movía con muletas. El pobre Juani tuvo que cargar con el 99% de las cosas.

Llegamos a Santiago, y nos fuimos directamente a la Universidad, a comenzar con los testeos que otros participantes llevaban haciendo mucho tiempo atrás. Nos recibió muy gentilmente Javier Ruiz-del-Solar, y nos dieron un espacio cercano a la pista de pruebas, dadas mis limitaciones de movimiento.

Cuando llegamos, nuestro sensor primitivo causó ciertos comentarios risueños. En verdad, su aspecto era lamentable. Uno de los equipos chilenos tenía un sensor de efecto Hall, que detectaba las minas en la pista de una forma notable, suave, delicada… El nuestro debía ser limpiado cada vez que hacíamos un testeo, porque arrastraba todos los pelos, migas, pelusas, y otros menesteres dejando impecable la pista, pero arruinando nuestra capacidad de detección. A pesar de todo, andaba, y andaba bien, detectando las minas con mucha efectividad. De a poco, algunos contrincantes nos dejaron de tratar como mascotas de sparring, y comenzaron a tenernos cierto respeto. Llegó la noche, y tuvimos que dejar las cosas para el día siguiente. El robot andaba, lento y torpe, pero andaba.

El sábado nos levantamos temprano, desayunamos a las apuradas y nos dirigimos a continuar con el testeo, dado que a las 11 de la mañana teníamos la primera ronda de competencia. No había mucho para hacer, pero siempre se pulía un poco más la ubicación de una pieza, se mejoraba el algoritmo, pequeñas sutilezas que en el 90% de los casos eran un rotundo fracaso que nos obligaba a volver para atrás.

Y llegó la hora señalada. Eran 12 equipos de Brasil, Chile, Perú y Argentina. En esta primera ronda, quedarían clasificados los primeros cuatro, con un sólo intento por equipo. El objetivo era estar los 15 minutos de la prueba recorriendo la pista, sin salirse de la misma. Y en esos 15 minutos, detectar la mayor cantidad de minas posibles. Los premios: para el tercero, 100 U$S en equipamiento de robótica; para el segundo, 200 U$S también en equipamiento; y para el primero, un viaje para dos personas al Instituto de Robótica de la CMU, con todo pago, y con la posibilidad de recorrer los proyectos y tener una entrevista con el director del instituto. Todo un sueño.

Uno de los problemas más complicados que se nos presentaba era que la pista estaba en una boca de luz de la Universidad, en el centro de una escalera que subía en caracol hasta el último piso, para que la gente pudiera ver la competencia desde muchos lugares. La dificultad era que la luz variaba constantemente según la posición del Sol. Y por lo tanto, los valores del piso y de las líneas cambiaban todo el tiempo. Grave problema.

En algún momento previo a la primera rueda, nos pidieron el nombre del robot. Yo seguía resentido porque mi esposa no me había dejado ponerle Paulina a mi hija (un año y medio antes de esta historia, resentimiento duradero). Así que allá fue el robot Paulina, en honor al cuento de Bioy Casares. A partir de allí, muchas veces le hemos puesto nombre de personaje femenino de la literatura a nuestros robots.

No recuerdo en qué orden nos tocó competir, que fue decidido por sorteo. Sólo recuerdo que Paulina tuvo un desempeño poco honroso. Detectó bien las minas, pero cerca del minuto 7 se fue de la pista. Finalmente, ayudados más por limitaciones externas que por méritos propios, arañamos el cuarto puesto. Estábamos en la ronda final, junto con dos equipos de la Universidad de Chile (organizadora) y uno de la Universidad de los Andes, también de Chile. Final con 3 equipos chilenos universitarios con 4 meses de experiencia, y un equipo mascota argentino de robot con nombre extraño y mucha, pero mucha cinta adhesiva… Está claro que el equipo que mejor resultado obtuvo fue el del sensor bonito, que aguantó los 15 minutos en el terreno sin mosquearse y detectando un montón de minas. Además, era local! Tan lindo él, tan sutil, nos sentíamos la Bruja del 78 (recuerden que era Paulina!) al lado de Brad Pitt…

Al finalizar la ronda, cerca de la una y media de la tarde, nos indicaron que teníamos hasta las cuatro para modificar nuestro robot como quisiéramos. Y que a esa hora, tendríamos una ronda más, con un sólo intento para definir los tres primeros puestos. Entonces a Juani le agarró un ataque de locura: desarmó completamente a Paulina murmurando: “esto es una porquería, con esto no podemos ganar, hay que armarlo desde cero”. Para los que no están dentro de este campo, vale aclarar que armar un robot desde cero, puede llevar dos, tres, cuatro meses, nunca dos horas y media… Además, a esa altura, pensar en ganar sólo podía estar presente en el cerebro de un desequilibrado… Los ganadores de la primera ronda, con absoluta y realista tranquilidad, se fueron a disfrutar de la vida…

Pues entonces tuvimos las dos horas y media más afiebradas de nuestras vidas. En paralelo, sin tener en claro cómo sería Paulina finalmente, tuvimos que programar su comportamiento de tal manera que pudiera ser modificado muy fácilmente en función de las dificultades que encontráramos. Un problema de ejemplo, entre muchos otros: el sensor era tan pesado que al girar Paulina, se nos trababa con cualquier pequeño desnivel del piso. ¿Qué podíamos ponerle para levantarla de cola? Lo más pesado que teníamos eran las pilas. Solución: le metimos un controlador adicional en su parte trasera, completamente apagado y con las pilas puestas. Algo así como agregarle un cerebro a una persona solamente para que pese más. Un absoluto delirio… ¡pero funcionaba!.

Y Paulina comenzó a progresar. No se iba de la pista, detectaba mejor las líneas. Andaba, realmente andaba… Un estudiante de la Universidad de Chile, conmovido por nuestros esfuerzos y nuestra historia, nos comenzó a acompañar y a colaborar con nosotros trayéndonos bebida, ayudándome a trasladar las cosas para testear. Un genio, del cual lamentablemente no recuerdo el nombre.

Llegó la hora del desafío, y salimos segundos en el orden de participación por decisión del azar. Cuando el primero de los equipos (el peor de la Universidad de Chile) tenía que presentarse, se acercaron, desconsolados, a avisar que el robot que tenían se había descompuesto. Entonces, en un rapto de delirio místico, ¡les ofrecimos un robot que teníamos de más para que pudieran competir con su algoritmo!. Conclusión: quedamos en el primer lugar para competir (el equipo averiado pasó al último lugar para participar), y nos ganamos el odio de pocos (los otros rivales) y la simpatía de muchos (pero no muchos…).

Así salimos al ruedo. Paulina arrancó, salió de la zona de partida, y comenzó a detectar las minas. Una, otra, otra… Y cada vez que llegaba a un borde, salía rebotado hacia el medio, y seguía detectando… cinco, seis, siete… Finalmente, en el minuto 15, y ante un silencio apabullante, sonó el silbato del juez indicando que nuestro robot había estado el tiempo completo en el terreno. Y mágicamente, Paulina se apagó en el mismo instante! ¿Qué ocurrió? Le habíamos configurado 15 minutos de espera para apagarse si nadie le tocaba ningún botón, y lo habíamos olvidado! Si hubiéramos configurado 10 en vez de 15 (lo que era habitual), Paulina se hubiera detenido antes de terminar su misión.

Silencio en la sala del evento. Las mascotas habían obtenido un resultado mejor aún que el del super robot de la primera ronda. Los dioses estaban todos locos…

Llegó el turno del robot de la Universidad de los Andes. Arrancó bien, pero en el minuto 7 quedó rebotando en una zona, sin salir de ella, y sin detectar ninguna mina más. Aguantó los 15 minutos, pero detectó muy pocas minas. Juani me miró y me dijo: “Ya somos por lo menos terceros, tenemos 100 U$S asegurados!!!”. Ya era un milagro.

Y llegó la hora del robot genial, del esperado por todos. Los fotógrafos se prepararon para obtener la mejor imagen del futuro ganador.  Las autoridades de la Universidad se acomodaron para ver a su hijo pródigo. Y comenzó la función del bailarín: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete minas… Nada lo detenía… Hasta que en un momento, hizo un giro desafortunado, encaró mal un costado de la pista y ¡se salió del circuito! Ya estábamos segundos!!!!!! Habíamos superado al favorito!!!!! Nos mirábamos con Juani, y no lo podíamos creer, era un verdadero sueño.

Llegó la última esperanza de la Universidad de Chile. Estaban a punto de ser humillados por un grupo de niños con un profesor que ni título universitario tenía aún. El robot arrancó, pero a los pocos minutos se fue de la pista… ¡Eramos los ganadores! Se produjo un silencio sepulcral. Lo imposible era realidad. Y en eso, nuestro amigo chileno gritó: “¡Un aplauso para los argentinos!” Y surgieron los aplausos, tibios, que enmarcaban nuestro eterno abrazo, nuestro baile desencajado. Nadie, nadie lo podía creer.

Allí llegaron las entrevistas de los medios, los flashes de los fotógrafos, y la entrega del premio, a un costado de la pista. En el momento de la entrega del premio, los organizadores recalcaron la increíble historia de nuestra participación, y la singular característica de Paulina, que tenía dos cerebros. Juani no pudo con su inocente honestidad, y aclaró por el micrófono que era simplemente peso, sin nada de tecnología de avanzada…

Cuando todo terminó, cuando toda la gente se fue, no sabíamos qué hacer con tanta felicidad… Una y otra vez nos preguntábamos si podía ser cierto. En ese momento vimos que en el sexto piso estaban por proyectar la película “Inteligencia Artificial”, que ninguno de los dos había visto aún. ¿Qué mejor marco referencial para verla que ese momento? Y allí fuimos, a disfrutar de un momento de ensueño, a escuchar latir a nuestro corazones en paz, a recordar todos los malos momentos que habían pasado y que valieron la pena para llegar hasta ese punto…

Así fue. Así terminó la historia del primer campeonato internacional que ganó un equipo argentino en la historia de la robótica mundial. Un equipo que comenzó como punto, y terminó como banca. Un equipo formado por muchachos casi niños, que a esa altura de sus vidas no distinguían demasiado entre investigar y jugar… A ellos, a mi genial equipo del Primer Campeonato, mi más dulce recuerdo…

(Para saber más, podés consultar las notas de prensa, los resultados, etc, en esta página.)


Comentarios

4 Comentarios

  1. Gonzalo el Noviembre 30, 2008 a las 1:00 am

    Excelente el relato!!! Te felicito!

  2. Iris Fernández el Diciembre 6, 2008 a las 1:08 pm

    ¡Qué bien escribís! :)
    Un relato emocionante, aún conociendo el final de antemano.
    Acá el público pide algunas palabras sobre el premio… ¡Viajaron a USA!

  3. Ana Laura Rossaro el Marzo 24, 2009 a las 7:18 pm

    Gonzalo:

    A través de Iris llegué a tu blog. Muy interesante la entrevista que te hizo y muy bueno también el trabajo que están realizando. Felicitaciones!!
    Un gusto haberte conocido.

    Ana

  4. Agustin el Mayo 12, 2009 a las 10:18 pm

    Estoy celoso, jaja. Tenes que escribir la continuacion en Brasil.

    Un abrazo
    Agustin

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    Soy Gonzalo Zabala, maestro y Lic. en ciencias de la computación. Esa curiosa mezcla me ha llevado por los caminos de la educación tecnológica... Pero no dejo de extrañar los dulces momentos del aula, cotidiana, fresca y sencilla...