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Primer Campeonato Latinoamericano de Robótica - Chile, 2002 - Parte I
Noviembre 16, 2008 |
Comenzando con una revisión de algunas historias de nuestras participaciones en competencias de robótica, hoy le toca a la primera de ellas, que le da título a este post.
Era un jueves por la tarde, para ser más preciso, 21 de noviembre. Estaba como docente en el Colegio Schönthal, y como todos los años a esa altura, dedicado pura y exclusivamente a tomar exámenes y cerrando notas, de esas que determinan quiénes quedan de un lado y quiénes del otro, en una apología de la cultura binaria de nuestras épocas. En un momento, recibo un llamado extraño:
- Hola, habla el Director de la Región 9 de la IEEE.
- (Oh, Dios, qué habremos hecho!) Qué tal, habla Gonzalo Zabala, director del departamento de informática del Colegio.
- Qué tal, nos pasó su teléfono el Dr Juan Santos, del grupo de robótica de la UBA, para invitarlo a participar del Primer Concurso Latinoamericano de Robótica. Nos comentó que ustedes trabajan muy bien, y que están usando los robots que participan en nuestra competencia.
- (Juan, te debo una más!) Muchas gracias por el honor, pero esto es un colegio secundario, trabajamos con robots Lego, y estamos ya a fin de año (y sin dinero!).
- No se preocupe, queremos que estén presentes, y por lo tanto, la organización cubrirá todos los gastos que tengan para venir a participar.
- (¿Estaré soñando?) Bueno, muchas gracias!!!!! Pero, ¿cuándo es el evento? ¿Cuándo comenzó la preparación? ¿Cuál es la prueba que hay que superar?
En síntesis: el sábado 30 de noviembre se desarrollaría la competencia, con equipos universitarios de Brasil, Perú, Chile y Argentina (nosotros), que hacía 3 meses que se estaban preparando, desarrollando agregados mecánicos y electrónicos a sus robots de Lego. Y como sparring, invitaban a un equipo de un colegio secundario, sin conocimientos de electrónica, que tenía que decidir en un día si participaba o no, y que tenía sólo una semana para preparar el robot. Un delirio. Pero gratis!
Corté mi comunicación agradeciendo, comentándole que si íbamos sólo era para acompañarlos, pero que en el tiempo que teníamos no podíamos desarrollar algo decente para participar. Solapadamente pedí disculpas del papelón que íbamos a hacer. Acto seguido, llamé al director (mi gran amigo Osvaldo Dallera) y le comenté todo este sueño. Su respuesta fue: “Tenemos que ir a salir últimos, pero hay que estar. Esos lugares hay que ocuparlos o se pierden para siempre”. Sabia respuesta.
Inmediatamente llamé a un grupo de alumnos que trabajaba en robótica, para comenzar a prepararnos a full desde el día siguiente. El problema a solucionar era uno típico de rescate: el robot debía moverse en un área demarcada por una línea negra (una zona cerrada irregular), detectando unas minas representadas por un disco de metal, con un papel negro en su parte superior, con bordes conductivos, y pegados en el piso (que supuestamente sería blanco). Es decir, debíamos resolver dos problemas fundamentales:
a) Cómo cubrir la mayor superficie de terreno sin saber su forma de antemano y sin salirnos de la zona porque quedábamos descalificados. El reglamento no decía nada con respecto a la iluminación
b) Cómo detectar las minas en forma eficiente (pasar por arriba sin detectarlas restaba puntos).
El grupo que trabajó en el desarrollo del robot estaba compuesto por: Javier Silveira, Facundo Aguirre, Alberto Pose, Juan Ignacio Goñi y si mal no recuerdo, Sabrina Bianchi (si olvido a alguno, que me lo recuerde!).
Para resolver el primer problema, utilizamos un algortimo sencillo intentando un cubrimiento maximal, donde seguíamos la línea de borde durante un tiempo, luego íbamos hacia el centro de la zona, y volvíamos hacia el medio, trazando una suerte de rectángulos cuyo uno de los lados estaba en el límite de la zona demarcada.
Para lo segundo, luego de diversas discusiones, y gracias a un consejo de mi amigo Guillermo Prandi, se nos ocurrió hacer un detector con escobillas de scalextric. De esta manera, conectando un conjunto de escobllas por un lado, y otro grupo en forma independiente, podíamos detectar continuidad cuando pasábamos por encima de una mina. Para ello contamos con la enorme colaboración de Jorge y Rodrigo, vecinos de mi casa, que tienen un hermoso y ordenado tallercito. El sostén de las escobillas fue un zócalo que saqué de la pared de mi casa (y que aún no repuse!!!!). El sensor pesaba mucho, y estaba asegurado con muuuuuuucha cinta adhesiva…
Probamos en un terreno improvisado por nosotros el funcionamiento del robot, y no estaba tan mal. Todo esto, entre cierre de notas, exámenes, llenado de planillas y protestas de alumnos. Y entonces, llegó el día del viaje! Pero esto, lo contaremos en el próximo post…
Comentarios
2 Comentarios

¡¿Cómo que sacaste un zócalo del living?! ¿Y que todavía no lo repusiste?!!!!
La historia es apasionante!!!! Espero la continuación!!!! (aunque ya conozco el final)
jajajaj Linda forma de enterarse sobre el destino del zócalo del living… Gonzalo, también espero el final aunque lo conozca, pero me pone muy contento no sólo por la historia en sí, sino por toda la garra y la calidad que ponés siempre en el trabajo, apuntando a la excelencia. Y digo esto a modo de agradecimiento, porque gracias a tipos docentes como vos tenemos las herramientas necesarias para nuestro desarrollo profesional y también para ponerlas al servicio de los demás. Un fuerte abrazo Profesor, siga sembrando ideas y cosechando éxitos!